Corría el año 1991. Un año lleno de desafíos para nosotros, los otrora estudiantes de cuarto medio. Sí. Éramos jóvenes llenos de dudas, inquietudes; pero, por sobre todo, llenos de bríos y entusiasmo para hacernos valer en el mundo de los adultos.

En este ir y venir de adrenalina, de exudar feromonas y manifestar abiertamente -y sin temor a ser reprochados- que las espinillas ya son parte de un pasado oscuro y que no queremos volver a repetir; nace Sir Thomas Paul. Su logro más relevante durante la época estudiantil fue patentar la jugada del "látigo asesino", que consistía en pegarle a la pelota (solicito al lector que se imagine un corte longitudinal del jugador) por detrás de la línea de la rodilla… bastante detrás. En otras palabras, y al contrario del común de la gente, al acercarse el balón, este jugador desplazaba su centro de gravedad hacia atrás, esperaba que la pelota ya no estuviera al alcance de su vista (tapada por su rodilla) y golpeaba con el mayor rigor que su esfuerzo podía otorgarle. El resultado es un hermoso golpe que no posee nada de fuerza ni dirección, pero que gira como los más bellos girasoles jamás conocidos.

Con esta hermosa técnica, nos sentíamos seguros ante cualquier adversario. Ganamos en aquella época la semana del colegio, la copa Embajador de España, el torneo de ajedrez (es realidad, lo gané yo, pero no quiero ser autorreferente). Quiero decir con esto que la seguridad que sentíamos traspasaba los umbrales de lo deportivo. Todo gracias a nuestro azimut Paul.

Fue así como en un acto quizás de arrogancia, nos presentamos en las canchas del Estadio Israelita un día jueves de 31 de octubre del año antes señalado… nuestra última clase deportiva de nuestra vida colegial. Sin importar el rival, comenzamos a jugar nuestro último partido en esta era. Los puestos de estos luchadores estaban previamente definidos, solo recuerdo algunos: Araña Fuenzalida (Lila), al arco; Muralla Asesina Vega, defensa; Podadora Vidal, por ahí; Lechón al hombro González, al medio; Abuelo Vitamina Del Campo, arriba; y Sir Thomas Paul, en todos lados.

Corrían los últimos 45 segundos y un contragolpe a nuestro favor nos daría la segura victoria, puesto que el empate que estábamos evidenciando nos estaba amargando nuestra triunfal salida del colegio. Yo me encontraba en la defensa, por lo que mi visión era privilegiada para relatar lo que siguió. En efecto, recuerdo que un lechón no me dejaba ver el número de la camiseta del jugador, pero me imaginaba quién podía ser, ya que la tomó la pelota en el mediocampo y no la soltó hasta llegar a línea de fondo, al mismo tiempo que se escuchaba una voz de pito que decía: "suéltala, maricón. Pásamela". Afortunadamente no le hizo caso, eludió al arquero (y otros 6 jugadores) y efectivamente llegó a línea de fondo por el sector derecho. Una vez más se quedó sin ángulo, por lo que centró un suave y hermoso pase. ¿Quién se encontraba en ese lugar? Sir Thomas Paul. Un ser impertérrito e impávido ante situaciones de presión sicológica y que tiempo después me reconoció entre copas que "ese era el momento de consagrar el látigo asesino". Con esa idea en su mente, procedió a desplazar su centro de gravedad hacia atrás, extendió sus brazos hacia adelante, escondió su pierna derecha para rematar, se tomó su tiempo para medir el tiempo y distancia… y ocurrió lo que nunca debió ocurrir. 

En ese momento el tiempo se detuvo. Nuestra desgracia se comenzaba a cristalizar en esta vida. Nuestro sentido de la vida cambió… nuestra amistad también.

El balón circuló por todo el arco, paralelo a la línea de fondo (a escasos 50 cm). No hubo ningún pie que la tocara. Lo único llamativo fue el porrazo del susodicho. Hocico al suelo, pelota al lateral. ¡Maldita pelota que no quiso golpear el pie de mi amigo! Pitazo final y a cobrar las burlas al camarín.

No importa. Quizás si hubiese entrado el balón, no seríamos amigos hasta el día de hoy. Mejor que haya sido así. Sin embargo, lo más rescatable (y lo puedo leer en el post anterior) es que las lecciones son para aprenderlas y no repetir los errores de antaño. ¡Gracias por las risotadas de ese día! ¡Jamás las olvidaremos!