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He leído vuestro ensayo sarcástico y debo confesar que me parece un exceso. A mi amigo Pitufo lo quiero por eso: Porque es más duro que un plástico y más cambiante que un elástico. Al Pitufo no la cambiaría por nada; ni por oro, ni mujeres, ni ensalada. Así lo conocí y así ha sido mi amigo. Y escúcheme bien lo que digo: cómase sus palabras y una empanada.
Da la impresión que en su cuello creció una vena mientras escribía con rabia y venganza. El Pitufo es una gran persona, de cerca y en lontananza. Nos ha abierto las puertas de su casa sin ninguna pena; incluso nos alojó en la casa de abuelo cerca de La Serena. Yo a este pequeño ser lo quiero mucho. Nos hizo reír cuando se inició en el pucho, nos deleitó con su habilidad para hacer tragos y comidas. Se cortó los dedos en el intento y casi se le fue la vida. Y no distinguía un ron de una piscola en aquel sucucho.
¿Cómo pretende usted que no lo quiera? He compartido con él la mitad de mi existencia y, a pesar de mi exagerada insistencia, se rehúsa a conocer mi casa como una fiera. Es testarudo al conversar y como candado se cierra (estamos de acuerdo en ese comentario). Sin embargo, yo rescato lo importante del relicario: tenemos un amigo que es impagable. Su huella será siempre imborrable. Lo quiero así: que hable como canario.

